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viernes, 1 de enero de 2010

La seguridad del votante indeciso



Patricia Vidal Hurtado
Politóloga 
Valencia

Temática: Análisis político.

Licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración, Universidad de Valencia. Especialidad en Evaluación de Programas y Políticas Públicas por el CSEGAE-UCM. Formación en el área de psicología social, psicología de las organizaciones y desarrollo organizacional. Experiencia en materia de análisis y evaluación de programas y políticas públicas en el campo académico y profesional. 


Las elecciones ya han llegado. En breve España asistirá al inicio de una nueva legislatura y las expectativas más inmediatas residen en la lucha de los partidos políticos por conseguir un reparto de escaños lo más favorable posible. Y como no podía ser menos, todos los españoles hemos sido invitados a participar en las más variopintas estrategias para afianzar el voto.
Pero, ¿de quiénes?

Todos los medios de comunicación se han hecho eco del debate televisivo entre los líderes de los dos principales partidos, convirtiéndose en la clave para conseguir la Confianza de los indecisos (o su homólogo, el voto) y pronosticar así el resultado de los comicios.

No hay cabida para la negación: el debate bipartidista era una buena táctica, muy bien pensada. A uno de los partidos no le hacía falta convencer a nadie; todos apuestan por él como ganador. Al otro únicamente le restaba la alternativa de afianzarse como la segunda fuerza más votada, garantizándose el apoyo de su electorado habitual. Y para ello cada uno de éstos decidió emplear la clásica táctica de campaña basada en el lenguaje de los riesgos, dosificándolos para convertirlos en objetos de gestión y, de ese modo, ofrecer las soluciones oportunas para extender la tranquilidad en la sociedad. 

Sobra todo lo demás.

Pero no caigamos tampoco en el error. Las campañas electorales sirven para movilizar y, en el mejor de los casos, reforzar las predisposiciones de voto preexistentes y sólo en contadas ocasiones contribuye a cambiarlas. Por tanto, previamente a una campaña electoral los votantes tienen prácticamente decidido su voto. Y ello es así ya que el elector vota a aquel que satisface sus expectativas preconcebidas y únicamente es alcanzable esa condición cuando a dicho individuo le convence el mensaje que confirma su manera de pensar, mensaje que suele provenir de un partido concreto con el que comparte valores, formas de pensar y sentir.

A raíz del contexto económico que acontece, esas expectativas preconcebidas de los ciudadanos con respecto a sus dirigentes se han vuelto más coincidentes y de esa forma, estamos asistiendo a un hito paradigmático al ampliarse el número de votantes que se consideran votante mediano. Y ahí es justamente donde reside la rotundidad de los sondeos de intención de voto. Al homogeneizarse las expectativas, el escenario de la derecha se ha visto beneficiado por la carencia de rivales internos y la fidelidad de su electorado, lo que le permite aglutinar con certeza un gran número de votos. Por el contrario, el escenario más convulso es el que presenta la izquierda, escindido en una amplitud de partidos que fragmenta los votos de sus potenciales electores.

Evidentemente se ha optado por una estrategia y no por otra, pero el abanico de alternativas era y sigue siendo más amplio de lo que en ocasiones exige la dinámica política. Por fortuna para unos e infortunio para otros siempre se puede aplicar las experiencias que nos rodean donde el paradigma de “la unión hace la fuerza” parece que ha vuelto a ser tendencia. 

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